No sé cómo escribir cartas y tampoco sé por dónde empezar, porque tengo algo que contarte. No es precisamente importante, pero se me retuerce el estómago cada vez que lo recuerdo. Como tú formas parte en este acontecimiento creo que es necesario contártelo.
Anoche soñé contigo.
Eso es lo principal, entonces creo que estoy desarrollando bien mi carta.
Anoche soñé que soñaba. Soñaba que morías y lloraba. Soñé que lloraba porque no podía acariciar tu cabello. ¿Te acuerdas cuando yo estaba chiquita y soñaba que alguien de la familia moría? Ah, no te acuerdas porque siempre dormías. Cuando soñaba la muerte de alguno de ustedes, papá, mamá, tú, bibis. Me levantaba enseguida de la cama, apresurada, sin darme el lujo de quitarme las lagañas o revisar si mis ojos lloraban. Corría a sus habitaciones, y mientras dormían, acariciaba su cabello. Con tacto lento, delicado, casi imperceptible, rozaba con mis llemas su pelo y a veces la faz de su cara. No me bastaba con verlos frente a mí descansando, pues no confío en mi vista adormecida. Delineaba sus facciones con mi dedo índice y los observaba llorando con alegría el poder sentir su delicado calor humano.
Pero soñé que había soñado que morías, y despertaba, pero lloraba porque no podía acariciar tu pelo o tu cara. ¿Cómo comprobar tu viva existencia si no estás? Estoy escribiendo eso y se me parten los ojos dejando escapar un par de lágrimas por las grietas. Sé que estás vivo, sólo estás lejos. Pero tenía que contártelo hermano. Desperté de mi horrible sueño impotente al saber que ahora me encuentro en otro sueño, esperando, para volver a verte, quizá en Junio o Julio. Y abrazarte y despertar para correr a tu cuarto, y con mis dedos rozar tu pelo, delinear tu cara, para estar segura de que estás vivo, mientras duermes.
-Camila
jueves, 25 de octubre de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario