domingo, 7 de diciembre de 2008

pues fue hace mucho en el lago




De Michoacán era ese hombre añejo. No lo conocí, pero me lo presentaron. Por ahí se la pasaba pescando en la llamada puerta del cielo, ese lugar donde se hace la negrura. Era lo único que hacía bien, según él. Los viernes se sentaba a beber con los amigos que aún le quedaban y todos juntos se compartían las arrugas. Pero aquella noche templada al fin se encontró solo. No hubo quién lo detuviera de cometer dicha insensatez. Esa de dejarse consumir por su trabajo y probar aquel lugar de donde sacaba los pesos para comprar el mezcal del fin de semana. Se ahogó, y no porque fuera un hombre pobre de alma pesada. Era un viejo terco que nunca quiso aceptar que desde hacía años estaban llenas de basura las aguas de Pátzcuaro.

No hay comentarios: