domingo, 11 de enero de 2009

je veux dormir à jamais

Me gustaría no poder distinguir mis delirios oníricos de la cruda realidad. Mezclar ambas esencias como si fundiéramos dos metales formando una amalgama imperfecta.
Nada es perfecto, pero ambas sabemos que se vive tomando decisiones ilustradas por la admiración a lo impecable, lo que se considera insuperable. Y vaya que digerimos dicha pena humana con la prudencia necesaria, pero las dos hemos querido imitar con el paso de los meses, no el hecho de convertirnos en la perfección en sí, sino hacerle como los existencialistas, haciéndonos imperfectas.
Fue precisamente en Navidad que soñaba aún despierta cuando intenté perder la consciencia de la dimensión en la que me encontraba. 
Entonces apareció ella frente a mí, tan linda como siempre lo había sido, sonriendo con ese pudor tan diferente a cualquier otro, calurosa y de una semblanza europea que la cubría de una perceptible seriedad. 
Nunca había conocido a nadie como ella, porque ella es como el agua. A veces puede dejarse llevar por el viento y oponerse a la corriente, pero otras se ve arrastrada por la inevitable fuerza que la persigue. 
Era Navidad como dije y estaba frente a mí, no sabía cómo era, pues siempre cambia y con una intensidad inverosímil, pero sabía quién era y eso es algo que casi nadie ha logrado comprender. No me bastaba nada más que eso para saber que era la misma cubierta de sus ropajes confeccionados por sus propias manos. Prendas tejidas con sus recuerdos, sus tristezas, sus ilusiones, sus dibujos, la música, el silencio, y el amor que lleva colgando en el pecho.
Cuando la vi, no existió ese tiempo para decir hola, mucho menos adiós. Porque en el destino que empezamos a forjar juntas, ése que nos solemos inventar para las dos, no hay tiempo ni espacio para los finales o los comienzos. Somos eternas, no estamos, nosotras dos somos. Ella me lo enseñó así.
Hablamos de cosas triviales, como de costumbre, porque los viejos amores, la nostalgia como siempre añeja y los fracasos los mandamos a un pozo acompañándolos de un sincero gracias pero un merecido jódanse. Estábamos de nuevo aquí y ahora. Y no había más países mas que ese territorio caluroso donde se comía pasta y se hablaba francés. La música de un acordeón y un piano llenaban nuestros oídos de los romances que tuvimos. Los maduros y los inmaduros, aquellos que nos dejaron un sabor amargo y aquellos otros que nos dejaron hijos. La música que nos consumía narraba nuestros viajes, y todo y todo y todo.

...


Sabía que nunca podría mezclar mis sueños con mi realidad. Por eso le hablé por teléfono.
Estaba lejos, tatuada en mi alma, pero aún así lejos. A ella nunca le ha importado esto, y a mí tampoco. La distancia es y será un charco de agua mientras estemos separadas, porque la melancolía, es sólo agua. No es nada más que eso.

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