La sed insoportable de la madrugada vuelve a amenazarme por tercera vez. El vacío que hay a un lado de mi inerte cuerpo me ha despertado ya cinco veces, entonces decido levantarme de la cama para ir a buscar un vaso con agua. Las noches son difíciles cuando la luz de la luna llena penetra descaradamente mi ventana, a veces qusiera empezar a cobrarle las horas que me mantiene despierta. Ya no tengo cortinas que me oculten de su insensato brillo desde que me dijiste que eras alérgico al polvo. Normalmente suelen acompañarme mis queridas pastillas frabricadoras de somnolencia en estos días en que lucho contra la sed, tu ausencia y el insomnio, aunque éstas no son mías, bueno ahora sí. Se las robé a mi papá, que como yo, carece de esa capacidad envidiada de los niños pequeños para transportarse al maravilloso subconsciente con gran facilidad. Sin embargo sólo me queda una y por alguna extraña razón hoy decidí ser masoquista y dejarla dentro de su empaque. Miré el otro extremo de la cama sólo para cerciorarme que en verdad no estabas. Sólo había unas cuantas arrugas que revelaban el espacio donde estuviste durante la noche y denunciaban tu fugaz y ausente presencia.
Me dolía todo mi cuerpo, a veces me pregunto si eres tú el culpable de todos mis malestares. Quisiera saber porqué me siento tan mal físicamente después pasar la noche contigo. A veces también me pregunto si yo me acuesto contigo o tú te acuestas conmigo. Es mi cama, pero ¿Quién está con quién? Mis brazos, mis piernas, mi cuello, mi abdomen, mis labios, mis manos, todo me dice en gritos de dolor que algo no está bien, quizá me reclaman el haberlos entregado ciegamente en un momento desesperado de probar una vez más tu efímera compañía. Si se puede decepcionar a la carne yo lo he hecho, yo misma le he hecho promesas a mi piel, a mis músculos, a mis venas, a mis órganos, a mi esqueleto acerca de ese paraíso eterno, tú. Siempre me dices que las promesas nunca hay que decirlas. Tú nunca cumples nada a pesar de que tu nombre está escrito en el interminable contrato que hemos formulado en mi inconsciente. Una firma son sólo garabatos sin sentido. Siempre he sido imprudente cuando tú eres parte de algo, cedo ante cualquier flaqueo que me impongas, rompo las reglas que te corresponden a ti, y yo, sólo que pienso debería obligarte a firmar con sangre.
Ignoré el dolor para poder levantarme de la cama, me concentré en mi lengua que rogaba un sorbo de agua. Apoyé finalmente mis puños en el colchón e impulsé con mis pies a mis rodillas y con mis rodillas, a mi cadera; y con mi cadera, a mi pecho, y aún con mi pecho en orden y listo para el esfuerzo final, perdí control de mi cabeza...
No tardé en llegar a la cocina, me bastaron unos cuantos pasos. A través de la ceguera a la que me condenaba mi cabello negro y despeinado logré tomar un un vaso y luego al intentar vertir agua en éste, me acordé que no funcionaba el fregadero porque no habías terminado de arreglarlo. Las cosas en mi departamento siempre comienzan por descomponerse y finalizan con tu juramento de repararlas. A veces quisiera tener dinero para comprarme esos electrodomésticos de buena calidad que anuncian en la tele, a veces quisiera tener dinero para poder pagarle a un especialista y que venga a liberarme de los mecanismos malfuncionantes, a veces quisiera que también pudieran arreglarme, pero eso sería un desperdicio de dinero...
Me cepillé el cabello de la frente hacia atrás con mis torpes y adormecidos dedos. Me llevé el vaso al baño, que tampoco está lejos y fue hasta que vi frente al espejo mi silueta delineada con la luz de la luna, que recordé que estaba desnuda. Acaricié mi cara porque a ésta la sentía más vulnerable que a mi cuerpo sin ropa, tenía todavía lágrimas que se secaron en mis ojeras y mis mejillas con temor a caer encima de tu cara y fueras a tomarlas como unas tontas indiscretas. Nunca te ha gustado verme llorar, aún sigue siendo un misterio para mí el dolor que visiblemente manifestas al presenciar mi llanto, pero siempre lloro cuando hacemos el amor. Serví agua fresca pero traicionera en el vaso, a mí ya no me importa que la del lavabo no sea potable. Me imaginé que metías a la luna a duras penas por las tuberías para después servírmela y poder tragármela. Acerqué el frío cristal a mi boca y con el sello que aún perduraba de los besos que me dejaste durante la noche sellé con mis labios el vaso para no derramar ni una sola gota. Mi cuerpo comenzó a sentir el gozo de la abundancia a través de la tráquea. Mi lengua agradecida dejaba bañarse de vida, mi estómago se cubría de frescor y mis lágrimas resucitaron y tomaron su original forma líquida.
Regresé a la habitación con el vaso pero sin agua. Sin soltarlo y con cuidado me recosté viendo hacia la ventana descubierta, la cual revelaba cada rincón de mi frágil cuerpo y le arrebataba el pudor a mi mente. Todavía me dolía todo, me quedé inmovil contemplando el espacio que sobraba en la cama y al mismo tiempo el cielo nocturno. Quise volver a pensar en tí, pero para eso ahora necesitaba un cigarro. Extendí mis manos y busqué en mi único buró la cajetilla. Si bien recuerdo me quedaban todavía seis cigarros, ya no había ninguno. Seguramente también los necesitaste en un momento de soledad como este del cual estoy siendo víctima. Quisiera saber si te gusto tanto como te gusta el tabaco. Quisiera saber también porqué seguimos juntos si no nos queremos, si nos dolemos.
Miré una vez más el vacío frente a mi inerte cuerpo, el vacío que me ha despertado cinco veces. A mi boca que quería gritar pero no manifestaba el más mínimo sonido, regresó la sequía. Mi cuerpo volvía una vez más a pedirme agua, pero ya no me importó, esta noche ya no podría dormir. Aún así cerré mis ojos, porque realmente me dolía lo que la la luz de la luna me obligaba a ver, que lo único que dejas son arrugas en la cama.
lunes, 25 de agosto de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario