martes, 8 de enero de 2008

Be afraid of the old, they'll inherit your soul

Ayer estuve con mi abuela, caminando. Se me hizo muy raro ver cómo caminaba tan lento y cómo se cansaba tan rápido. Es verdad, no la había visto en cuatro meses, pero, ella siempre fue una mujer fuerte. Sin embargo ayer se veía tan frágil, como si cualquier brisa de viento pudiera esparcirla por el ambiente o romper sus hinchados tobillos. En verdad me pareció increíblemente extraño el encontrarla en aquellas condiciones. La última vez que salí con ella parecía tan maciza, tan enérgica y llena de vida. El encontrarla ahora frente a mí, tan diferente, me sumergió en mis recuerdos en búsqueda de la razón por la cual esta mujer ahora me resultaba tan ajena. Entonces recordé que la última vez que caminé con ella había sido hace algunos tres años, pero pareciera como si hubiera sido hace sólo unos cuantos días. Se me hacía imposible que aquella mujer tan entera y tenaz se hubiera deteriorado fugazmente hasta convertirse en el ser delicado y quebradizo que ahora tenía delante de mí. Encontré también entre mi memoria los detalles que la fueron consumiendo de los últimos tres años que ha pasado. La vejez, en su máximo esplendor, fue la principal causa, pero también la enfermedad de un hijo. La condición de mi tío la desgastó enormemente, como si cada semana que pasara se convirtiera automáticamente en un mes. No lo culpamos, no. Cada segundo que le dedicó mi abuela a él valió la pena, pero los últimos días de mi tío significaron los primero días del declive de mi abuela. Y él ya no nos queda, y ella sigue envejciendo.
Quise dejar de pensar en todo eso, que me pone tan triste y me llena de impotencia. Así que miré una vez más a la mujer frente a mí y observé sus casi apagados ojos verdes...
Hacerlo es como ver una chispa de vida entre tanta oscuridad. Tal vez, me parece, sólo es el anhelo en su mirada de recuperar todo ese sol que no bañó sus elegantes arrugas estos últimos años.

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